del día a día en Zahara

Yo no soy zahareña soy de Bilbao y a mucha honra.

Yo no soy zahareña. Los recuerdos de mi niñes y de mi juventud no guardan el sabor a tagarninas, a manteca colorá, a los buceles en blanco o a las jabas en tiempos difíciles, tampoco estuvieron amparadas por el levante y el poniente, ni por las calles de arena ni por la imagen de los juegos en la duna de la muralla o del vapor en la mar ni por los compases de vuestra música.

Yo tuve en mi infancia y juventud otros olores, otros sabores otra luz y otros colores con melodías diferentes. Y quedaron grabados en mi corazón como los vuestros están grabados en vuestros corazones.
Yo no soy zahareña yo vivo en Zahara. Vivimos en Zahara porque tuvimos el privilegio de poder elegir dónde vivir y elegimos Zahara.
¡Sabia elección! me digo cada día.

Me gusta vivir aquí, me siento integrada entre sus gentes, me gusta conocer y respetar sus formas, sus costumbres y su historia. En Zahara  he aprendido mucho de la vida y de cómo vivirla y comparto con los zahareños lo bueno y lo malo del día a día, lo que voy entendiendo porque vivo aquí y lo que no llego a entender porque no soy de aquí.

El otro día fui a la plaza del Tamarón por solidaridad con un vecino que me consta que ha trabajado y trabaja por el bien del pueblo. Esperaba información  sobre cómo habían ocurrido realmente la cuestión de la concesiónes en la playa, me gusta estar bien informada para poder opinar.

Esperaba unirme con los que queremos de Zahara un pueblo abierto a todos los que buscamos vivir aquí y trabajar aquí, respetándonos unos a otros y respetando las costumbres, las tradiciones y el privilegiado medio ambiente del que disfrutamos. Esperaba unirme a gentes diversas que rechazamos cualquier actitud invasora o no queremos aceptar a  quienes solo ven en el pueblo un lugar para hacer dinero.

Se desplegó una pancarta que no esperaba y que no me gustó.

Yo sé que no se pretendía excluirnos, yo sé que muchos nos consideran zahareños pero no somos zahareños queremos  el bien de Zahara porque queremos mucho a  Zahara y porque vivimos en Zahara y a mucha honra.

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de las gentes de Zahara, Zahareñas

Curra Moraga

No hace mucho fui por primera vez a la silla del Papa. Fuimos desde Atlanterra siguiendo un sendero abierto en lo alto de la sierra de la plata. Yo iba fascinada con las panorámicas que nos iba ofreciendo el camino, grandes extensiones de campo con Zahara y el mar al fondo por un lado, por otro, Almarchal y la Zarzuela, más cerca el cortijo del moro. Caminaba mirando al horizonte y buscando esto y aquello, cuando descubrí una pequeña construcción sencilla y sólida en la pendiente  de la sierra y mirando al mar.—Un lugar privilegiado—pensé.

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en primer plano el techo de la cabrera del cortijo del Moro

Mis compañeros de camino me contaron que era la cabrera donde había vivido el cabrero del cortijo, Paco Moraga y su familia. El cabrero murió —me explica Mariluz–pero su mujer Curra vive frente al campo de fútbol.

En uno de mis mañaneros —¡qué me gusta a mi el mañaneo!—llegue hasta el nº 74 de la calle Maria Luisa y me presenté a Curra que enseguida me invitó a pasar, allí estaban sus hijas, su nieta y los perros. Antes que nada, y emocionada por el recuerdo, Curra me mostró la foto de Paco con las cabras.

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Paco Moraga y las cabras, años 80

A Curra le cuesta hablar de la época en la que vivía en la cabrera, todo son recuerdos de su Paco que se fue a los dos años de haberse jubilado y que en paz descanse.

Poco a poco y mientras repasamos una colección de fotos de cubre las paredes van aflorando los recuerdos de la época en la que vivieron allí.

Ventitrés años estuvieron en la cabrera desde 1976 hasta 1999. Allí fue Curra con 32 años y cinco hijos, un hijo, el mayor que llevaba 13 años y sus cuatro hijas, la más chica con ocho meses.

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Foto familiar de 1976 cuando fueron a vivir a la cabrera del cortijo. Curra tenía 32 años.

Mujer valiente— pienso para mi —y le pregunto por la vida allí. Me habla primero de las ovejas, en mayo las cubría el macho y en octubre nacían 300 ó 400 chivos.

—Mucho trabajo, mucho —recuerda Curra—pero no nos faltaba de comer teníamos el huerto para la casa, papas, judías verdes, tapines, berenjenas, de todo había.

De vez en cuando mataban un chivo para comer y también criaba gallinas. Cada día ordeñaban mañana y tarde. Sacaban tres o cuatro jarras de 40 litros cada una por la mañana y dos u media por la tarde y todo a mano. Su hijo el que fue con 13 años me enseña los callos que todavía tiene en las manos.

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A mi me cuesta entender la cantidad de litros que podían ordeñar en un día. Curra me enseña esta foto de la cabra con las ubres llenas.

La leche la venían a buscar todos los dias del Cortijo para llevarla a la Central y los chivos se vendían para Noche Buena.

Allí Curra no echaba de menos nada porque no paraba de trabajar, venían a Zahara muy poco,  iba hasta allí un hombre mayor, un maestro, que enseñaba a las hijas a leer y a escribir y los números.

Su hija Inés que tenia seis años cuando fueron a la Cabrera, me cuenta que  vivían muy bien que jugaban mucho con las piedras que eran muñecas y los palos que eran caballos.

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En el patio con el abuelo.

Los primeros años de estar allí no tenían luz, luego para el 80, quizá para los mundiales del 82, pusieron un motor y TV para que Paco y el hijo vieran el fútbol.

Para lavar iba a la fuente con una goma que ponía en la fuente y salía un agua buenísima, entonces no hacía falta suavizan y luego tendían las sábanas a solear y aquello era gloria bendita. Cerca del huerto había otra fuente de hierro.

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Aquí llego Paco con las cabras—explica — a donde estábamos lavando, ves —me dice—poníamos la goma que venía desde la fuente y teníamos agua para lavar.

La nieta, recuerda también que su madre en verano como tenía que trabajar les llevaba a la Cabreriza y allí estaba con los abuelos todo el día jugando,tiene muy buenos recuerdos de aquellos años.

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Curra crió a sus cinco hijos en la cabrera en contacto con la tierra, llenando sus ojos de horizonte, con el mar de fondo. Lavando, tendiendo, cuidando la huerta, limpiando, haciendo de comer y siempre pendiente de Paco el Cabrero.

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Qué pena más grande tiene de que se jubiló y cuando ya podían descansar los dos juntos en su casita de Zahara, a los dos años,la enfermedad se lo llevó.
Esta pena no se la quita Curra pero hay que seguir y tiene el consuelo de que sus 5 hijos sus once nietos y su biznieta Ainhoa le acompañan mucho cada día. Dejo a Curra acompañada de los suyos y camino hacia casa llena de emoción. La emoción que me producen los sentimientos auténticos y las personas con la mirada limpia.Gracias Curra no sabes cómo me alegro de haberte conocido.